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La increíble saga de Tolkien
Tirado de www.periodistadigital.com
Millones de ejemplares vendidos, tres
filmes, incontables sitios de Internet. El fenómeno Tolkien
ha creado una legión de fanáticos en todo el mundo. Pero ¿quién era
Tolkien y cómo construyó la magnífica épica del El Señor de los
Anillos?

El señor John Ronald Reuel Tolkien no
fue un hombre de acción. Desde 1925, a sus 33 años, y hasta su jubilación,
en 1959, fue profesor de anglosajón y de literatura y lengua inglesas en la
prestigiosa Universidad de Oxford en Inglaterra, según cuenta en un
reportaje Jorge Aulicino en el diario argentino Clarín.
Destinado en 1916 al cuerpo de Fusileros de Lancashire durante la Primera
Guerra Mundial, volvió de Francia herido por la explosión de una granada.
Ese fue al parecer el único episodio violento en su vida. Ese mismo año se
había casado con la novia de su adolescencia, Edith Bratt, y nunca se separó
de ella. Edith, que le llevaba tres años, murió a los 82, en 1971. Tolkien
murió en 1973, a los 81. Había nacido en Sudáfrica, en los límites del
Imperio, pero fue un inglés cabal. Excepto en un punto: abrazó el
catolicismo, con tal énfasis que llegó a distanciarse de uno de sus amigos
íntimos cuando éste se convirtió a la religión anglicana.
J. R.
R. Tolkien vivió en el mismo siglo y en el mismo país que Virginia Woolf, T.
S. Eliot y W. H. Auden, pero ninguna de las preocupaciones que tuvieron
estos innovadores en la prosa y en la poesía inglesas pareció tocarlo. No
participó de ningún círculo literario y su obra no registra el tiempo
histórico ni parece tener relación con la literatura de su tiempo. De hecho,
Tolkien escribió durante la II Guerra Mundial uno de los libros más leídos
en la segunda mitad del siglo, pero no hay allí dato concreto que permita
inferir nada sobre esa guerra. A pesar de esto, ha reverdecido a comienzos
del siglo XXI una lectura digamos cabalístico-política de El Señor de los
Anillos, según la cual lo que allí se narra es la lucha contra el nazismo.
Si se acepta que donde dice Saurón, el Oscuro, debe leerse Adolf Hitler, y
que donde dice la Comunidad del Anillo deben verse a Inglaterra, Francia, la
ex Unión Soviética y los EE.UU. coligados contra las fuerzas del Eje, todo
parece marchar sobre ruedas. Quedaría por ver quiénes eran los Elfos, los
Enanos, los Hombres y los Hobbits entre las naciones que enfrentaron al
Fürher. Por mi parte, no sé —por ejemplo— quienes serían los estéticos,
suaves, aguerridos, poéticos e inmortales Elfos entre ingleses, soviéticos,
franceses y norteamericanos. Es cierto que algunos dicen, y es posible
acordar con ellos hasta cierto punto, que en la raza de los Hobbits —campesina,
tranquila, poco intelectual— retrató Tolkien a la Inglaterra profunda. Claro
que cualquier país europeo de origen campesino podría verse reflejado en los
simpáticos y atribulados héroes de El Señor de los Anillos.
Es mejor pensar las cosas de otro modo.
La idea matriz
"En un agujero en la tierra vivía un Hobbit", escribió Tolkien mientras
corregía unos exámenes en 1930. Este fue el comienzo de un libro matriz del
que surgiría una vasta mitología. Ese libro se llamó El Hobbit, y en la
medida en que su autor necesitó dotar la historia de un contexto mayor, se
delineó una saga inolvidable, que llegó al cine (la última de las tres
películas se estrena aquí el 1ø de enero). Antes de eso, el libro creó
millones de fanáticos, incontables sitios en la Internet, y una gran
facturación.
El Señor de los Anillos está escrito en una prosa dinámica, no demasiado
compleja ni demasiado simple, como cualquier libro de aventuras del siglo
XIX. El lenguaje de la trilogía, que comenzó a publicarse en 1954, no
desconoce a la industria cultural; no es tan anacrónico que repela al lector
medio, ni tan experimental como para captar sólo a un círculo de lectores.
En rigor, no es nada experimental. Ha elegido el formato clásico de la
novela de aventuras para contar una historia sobrenatural en el marco de un
mundo parecido a Europa. El que conozca apenas un poco de mitos, de lenguas
y de historia podrá intuir una magnífica maquinaria intelectual, que dio
como resultado esta obra curiosa, de repercusión masiva y llena, sin
embargo, de una información que abruma cuando se la menciona al no-enterado.
Uno de los valores del libro es que los nombres de lugares y personajes se
quedan en la memoria como aquellos que uno ha escuchado desde siempre,
aunque no sepa su origen.
Se sabe que Tolkien concibió primero algunas lenguas inexistentes, imaginó
luego razas que hablaran esas lenguas y describió, por último, un mundo
imaginario completo y los hechos que se suceden en ese mundo cuando resurge
en él la fuerza del mal. Como en una especie de Big Bang literario, toda la
vasta literatura de El Señor de los anillos habría estado concentrada en un
puñado de palabras.
Podría creerse que fue al revés. Que pensando en el esquema de la historia
medieval y en dos o tres libros canónicos antiguos (las Sagas islandesas, el
Kalevala finlandés) e imaginando un pueblo que, sin un "destino manifiesto",
se viera compelido a convertirse en pieza clave de una coalición contra el
mal, Tolkien comenzó una novela destinada a ser leída por niños y ancianos;
y que inventó en el transcurso pueblos, lugares y un bestiario. Pero no fue
así. Y sabemos que no lo fue, no porque los biógrafos y exégetas de Tolkien
hayan descubierto cuáles fueron sus procedimientos, sino porque el libro
permite inferir otra cosa.
El todo lugar
Jamás El Señor de los Anillos podría haber empezado con el clásico "había
una vez". El concepto de tiempo sufre una mágica distorsión desde el
comienzo. No hubo una vez: hay una eterna vez, más bien; y esto es así desde
el inicio. La Tierra Media no es un lugar imaginario. Es todo lugar. No hay
espacio ni tiempo más allá de la Tierra Media. El tiempo de la Tierra Media
no es aquél ni éste. Es otro tiempo.
De entrada, Tolkien
nos introduce en el país de los Hobbits, la Comarca. Nos dice que los
Hobbits (que en la película de Peter Jackson parecen muchachos humanos) son
seres pequeños, no enanos, pero tampoco hombres. Miden entre dos y cuatro
pies (60 a 120 centímetros), viven en casas construidas en huecos de las
rocas o en cabañas en forma de tonel, pero no son primitivos. Utilizan
conscientemente maquinarias muy simples, porque las prefieren a las más
complejas, y su sentido de comunidad, más que de patria, es notorio. Se
diría que estamos en cualquier poblado campesino europeo de la Edad Media.
Llega el mago Gandalf y esto también es previsible en un contexto medieval.
Pero Gandalf trae consigo fuegos de artificio para la fiesta que se
celebrará en el poblado, y los Hobbits se regocijan pensando en el festival
de luces. Ahora bien, si estuviéramos en la Edad Media, los fuegos de
artificio serían para los campesinos algo poco conocido o una novedosa forma
de festejar, ya que la pirotecnia se difundió lentamente en Europa en la
Baja Edad Media y no fue realmente popular hasta la Edad Moderna. Sin
embargo —nos dice Tolkien— los fuegos artificiales "pertenecían a un pasado
legendario" y solo los Hobbits más viejos los habían visto alguna vez. En
este punto, el tiempo y el espacio de la novela adquieren su sustancia.
Hasta entonces, sabíamos que los Hobbits llevaban una cuenta del tiempo
distinta a la de los Elfos, y que, sumados ambos calendarios, tal vez
pudiera hablarse de unos 30 siglos para la Tierra Media. Pero estas cuentas
parecen una convención, destinada a dotar de historicidad a una tierra
totalmente imaginaria.
Un creador de mitos
Es hora de mencionar una de las tesis centrales que se ha sostenido en
relación con El Señor de los Anillos. Haya sido su origen la divagación de
un filólogo y medievalista de Oxford o una iluminación a partir de la
invención de una serie de idiomas, la trilogía se ha señalado como el
producto de un creador de mitos. Es demasiado sostener esto, pero los
investigadores encontraron motivos para hacerlo. Entre nosotros, el
ensayista Pablo Capanna escribió: "Como cristiano, (Tolkien) pensaba que el
hombre se ha separado de la Verdad absoluta (Dios) por el pecado original,
pero como no está enteramente perdido ni enteramente transformado,
desgraciado pero no destronado, conserva un destello de la sabiduría divina,
como una luz reflejada; en consecuencia, cuando maneja la fantasía se
convierte en un sub-creador. Sólo por la creación de mitos, sólo volviéndose
sub-creador e inventando historias, puede el hombre aspirar al estado de
perfección que conoció antes de la Caída".
De la apreciación de Capanna debe subrayarse el verbo "inventar". Tolkien
rechazaba categóricamente la alegoría, como figura que representa
oblicuamente el mundo real, o las ideas reales sobre el mundo. Quiso, o
debió, crear una historia entera, de cabo a rabo, que pudiera leerse sin
necesidad de un cuerpo de notas al pie y ubicaciones contextuales, como se
lee hoy, por ejemplo, la Divina Comedia. Habría detestado la aclaración
ridícula "cualquier parecido con hechos o personas reales es mera
coincidencia", porque quería precisamente eludir la coincidencia. Se valió
de referencias mnemotécnicas, eso es evidente. La Tierra Media (en inglés,
Middle Earth) deriva de Midgard, que para los pueblos germánicos era la
única tierra, el mundo, más allá del cual se extendía el inconmensurable
misterio. Elfos y enanos, está claro, son figuras comunes a las mitologías
nórdicas y celta. Los horribles Orcos derivan de los ogros. Sólo los Hobbits,
según todos los indicios, nacieron de un mero capricho lingüístico del
escritor.
En toda la obra de este cristiano practicante no se menciona a Dios ni hay
referencia ninguna al culto católico: otro motivo para pensar que la Tierra
Media, aunque parecida al mundo medieval, es anterior o posterior a ese
período de la historia de la humanidad. Algunos comentaristas cristianos
creen ver en el hobbit Frodo (quien debe llevar el anillo maldito hasta el
Monte del Destino para fundirlo en el fuego en el que fue creado) a un
avatar de Cristo, en tanto hombre elegido para pasar la amarga prueba que
salvará a su pueblo. ¿No se hubiese avergonzado un cristiano profundo como
Tolkien ante tamaño abaratamiento de la letra bíblica? Porque el de Frodo es
un destino idéntico al de los héroes de toda novela de aventuras, en general
hombres comunes y pequeños que recorren un camino de iniciación, en el que
los paladines son otros.
La prueba, como portal iniciativo, es también patrimonio de las religiones
antiguas, en particular el chamanismo. Frodo, por último, es solo un Hobbit
que acepta una misión difícil en nombre de principios que no había tenido en
cuenta, y que de hecho no tiene en cuenta a lo largo de su peligrosa
peregrinación hacia la fuente del mal.
El Señor de los Anillos nació dando qué hablar. Las primeras lecturas fueron
tan políticas como las que se hacen hoy. En los 60, los estudiantes de los
Estados Unidos solían escribir en las paredes cosas tales como "Gandalf
presidente" o "Vengan a la Tierra Media", ya sea porque veían en Tolkien a
un campeón de la psicodelia, de la Nueva Edad (New Age) y del naciente
ecologismo, o porque hacían precisamente una lectura psicodélica de su
trilogía. El libro y su autor fueron reverenciados más tarde en la Internet,
y esto corresponde al nacimiento de la "red de redes", cuando su ideología
era más o menos alternativa como la de muchos entre quienes crearon la
computación: jóvenes obsesionados que derramaban pizza sobre sus teclados,
en garajes y trailers. Jackson, el director de las películas, consultó mucho
a los fanáticos de Tolkien refugiados en la Internet: la resistencia de
estos catecúmenos seguramente habría amenazado el éxito en el que se
convirtió la versión cinematográfica.
Es cierto que Tolkien era católico, pero solía visitar a un árbol, uno en
particular, en el Jardín Botánico de Oxford, como si su pensamiento
religioso abarcara el antiguo rito pagano. ¿Pero no sería esto más que la
natural devoción de quien amaba la campiña inglesa y odiaba la maquinaria
como engendro innecesario? ¿Ese árbol no sería el de ese cuento suyo que fue
leído durante su funeral, el que narra la historia de un pintor que se
propone pintar sólo una hoja y a quien una extraña voracidad lo lleva a
pintar cada nervadura, luego el tallo, por fin el árbol todo, hasta que
pinta un paisaje nunca visto? Tolkien había escrito a su editor: "Mi obra se
me ha ido de las manos. He producido un monstruo; una novela inmensamente
larga, compleja, amarga y terrorífica; bastante inadecuada para los niños,
si es que resulta apta para alguien". Sin embargo, de ninguna forma estaba
dispuesto a cortar una sola de sus líneas.... es decir, de sus hojas.
He odiado prejuiciosamente, lo confieso, esta historia con detallada
topografía, precisas genealogías, códigos y jerga propia. Venció mi rechazo
el ver la pasión con que mis hijas leían a Tolkien en su adolescencia; y
cuando decidí entrar en ese mundo, descubrí que aquellas claves no eran
tales, sino sitios y seres reales cuya realidad legitimaba una novela-poema,
una saga bien narrada que no era reflejo de este mundo, sino tal vez del
otro. Recordé entonces que La Isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson,
uno de los mejores poemas en prosa que conozco, nació de un mapa que el
escritor trazó junto con el hijo de su mujer, el "caballero americano"
Samuel Lloyd Osbourne, quien lo asesoró en el relato; y que los objetos hoy
casi mitológicos que se descubren en el "cofre del muerto" (el del capitán
Bill Bones) fueron aportes del resto de la familia. La gente solía tener
pasión por el detalle.
No me sorprende que Tolkien haya iniciado su narración fantástica con la
creación de idiomas, a los que después puso hablantes; y que luego pensara
en caminos y puentes, y en la forma de vestir, la dieta y las pipas de los
Hobbits; y más tarde tal vez en Elfos, Enanos y Orcos; en edades y reyes; y
en el ojo de Saurón enclavado en un horizonte negro. En este punto, su mundo
era convincente. Y, desde luego, ya tenía vida propia. Otra. |
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